Lo importante no es quien habla, sino quien escucha. Leo

martes, 25 de noviembre de 2014

Un Momento de Gloria




Todos en nuestra vida, tenemos algún momento de glorioso en el deporte.

Que yo diga que mi vida fue siempre ligada al deporte, es seguramente una obviedad imperceptible. El deporte (por sobre todo el fútbol) y yo, siempre recorrimos la misma avenida.

Quien no conoce las clásicas fotos de los niños posando con la pelota debajo del brazo? O con su pierna más hábil sobre el balón?

Yo sacaba esas fotos...

Pero cuando jugaba, tenia guantes en los pies…

Es que el club del barrio estaba complicado económica y financieramente. Para los partidos repartíamos un solo uniforme, entre los siete jugadores. Y a mi me tocaron los guantes…

Yo no era arquero. Siempre me llamaban para jugar de 5… de 5 de la tarde a 6.

Los Partidos en mi barrio empezaban a las 4 de la tarde y terminaban a las 5, nunca entendí el por que. Por suerte, siempre fui impuntual y llegaba 5 minutos antes, jugaba 3 minutos… Haaaaa, pero que tres minutos!!!... aunque no podía correr muy rápido con los guantes en los pies…

Como escribí mas arriba, todos en nuestras vidas tuvimos alguna vez un momento de gloria en el deporte.

El mio fue en el clásico del barrio y aun recuerdo ese momento glorioso.

En aquellas épocas, había dos clubs de barrio, los Tintos por un lado, y el mio... Defensores de la Quilmes (el nombre verdadero creo que nunca lo supe, por que a ninguno de los dos le iba muy bien en el ábaco, por eso, ni siquiera tenían los nombres o escudo alguno en la institución. Tampoco importaba mucho)

Se organizo un partido a fin de año, el que ganaba era el mejor de ese año. Para el gran derby se convino una cancha neutral. Después de tres días de largas negociaciones, asados mediantes, el ganador del torneo de truco decidió utilizar el estadio de la Graciela Jiménez...
La canchita, que no era mas que un baldío ubicado detrás de una precaria escuela (“La Graciela Jiménez”) era zona de guerra. Las inclemencias del tiempo y el paso de los caballos, le habían dado cierta irregularidad y orfandad de cedped en algunos cuantos lugares de la cancha. Las pequeñas piedras, llamadas cascotes por los lugareños, desprendidas del antiguo paredón de la escuelita, estaban dispersas por todo lugar, como pequeñas trampas mortales para quien, en alguna pelota dividida, cayera inconciente y desplomado al suelo como solía ocurrir.

Nunca se reunió tanta gente en la Graciela Jiménez, ni cuando Cafiero tenia allí su unidad básica!
El Carnicero del barrio, Don Julio, ofreció un asado completo para el ganador del match! Y hasta mandaron hacer un trofeo con la figura de un perro en bronce. No por que todos eramos uno perros, la figura canina representaba a Pipo, el perro callejero del barrio, conocido y adoptado por todos (en realidad tenia varios nombres, pero el mas utilizado era ese).

Aquel domingo de gloria, había autos estacionados al rededor del campito, algunos fueron temprano para calcular la sobra del paredón y hacerse un asadito en la previa del partido. Las familias del barrio se hicieron presentes con sillas y mates. La Graciela Jiménez izó la bandera y utilizo el equipo de audio de la escuela (un tocadiscos de ultima generación, que tenia hasta radio!!).

Todo estaba dado para pasar un domingo maravilloso. Y Así fue, por lo menos para mi...

Nunca saque tantas fotos en mi vida!



Dedicado a mi amigo Nazareno Robilotta. Que la fuerza del Flash te acompañe!!!


domingo, 23 de marzo de 2014

La Pena del Hornerito

En un gajito del pino,
en que rosaba el alero
se anidaron dos horneros
que eran alegre y divino'.
Desde el hornito al molino
iban y venían volando,
siempre lo hacían cantando,
por alegre y de atropello
por eso es que al canto de ellos
tal vez me fui acostumbrando.

Pero un día que yo llegaba
del campo en el pangaré, 
al hornero lo encontré
solo y que ya no cantaba;
me sorprendió de que estaba,
sobre el hornito sentado,
se ve que ni había notao 
que yo había pegao la vuelta,
las plumas todas revueltas
solito, triste y callao.

Me dentro curiosidá
y me arrimé despacito,
ya vi que en el pajarito
reinaba la soledad
y que una inmensa horfandá
cubría hasta sus plumitas
era al caer la tardecita 
cuando ellos vienen y van;
quien sabe qué gavilán
se la llevó a la hornerita.

Desde entonces aquél hornero
jamás lo escuché cantar; 
lo sabía ver volar
con dirección al potrero.
Pienso que el pájaro entero
iba por dentro enlutao
porque se quedó callao
desde que faltó la hornera
no se si otra compañera
con el tiempo habrá buscao.

Una vez vino hasta el nido
solito llegó del monte,
como a buscar horizonte
o algun recuerdo querido.
Porque despues de un volido,
cruzó por el galponcito
y se perdió despacito
volando por la ladera,
y así se fue campo afuera
con su pena el hornerito.


(Saúl Huenchul)